domingo, 20 de noviembre de 2011

La Casa de Todos

He regresado de Medellín convencida de que es posible un cambio y admirada de la ilusión, el compromiso y el trabajo en equipo de toda una ciudad. De todos los sitios que he conocido y visitado que más me han interesado y el que ha conseguido hacerme reflexionar y conmoverme y removerme de la cabeza a los pies ha sido el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, un espacio para la proyección cultural, la mejora de la educación y el desarrollo comunitario de los habitantes de la Comuna 4. Un inciso: Medellín cuenta con 15 corregimientos y 16 comunas integradas por 249 barrios.

Visito el centro un día de fiesta; en la patio de la entrada me reciben los gritos, risas y juegos de cientos de niños que han llegado hasta aquí para participar en la Piscinada. Agua por todas partes, juegos, concursos. Todo vale en este espacio cultural y educativo levantado literalmente en medio de uno de los barrios más pobres y marginados de la ciudad. Un sueño de muchos hecho realidad en el que todo el mundo –no importa de dónde venga ni a dónde vaya- tiene su sitio. Por algo lo llaman “La Casa de Todos” y así la sienten y así la siento yo desde el primer momento que la piso. 

El edificio es obra del reconocido arquitecto colombiano Rogelio Salmona y el único diseñado por él que hay en Medellín. Sus fachadas están inspiradas en la tradición mozárabe y en la arquitectura militar hispánica y no buscan impresionar a la ciudad -como leo en uno de los carteles explicativos- sino hacerse con ella. Yo admiro profundamente la obra de Salmona desde que la descubrí en Bogotá, así que me siento una verdadera privilegiada al poder recorrer de una punta a la otra este edificio de ladrillo rojo y espacios de escala íntima, proyectado por él tan sólo unos meses antes de morir.

Yeison Henao, promotor cultural del centro, habitante del barrio y miembro de la Red Cultural de la Comuna 4, me brinda una calurosa bienvenida y me explica que el centro, dirigido en la actualidad por Carlos Uribe, reconocido artista y humanista colombiano, fue inaugurado en 2008 por iniciativa popular con dinero privado, al que más tarde se sumaría el público. Me da algunos datos: diariamente pasan por él una media de 1.400 personas que participan en las cientos de actividades organizadas. Aquí, me asegura Yeison, siempre hay algo que hacer. Y así es. Daniel me cuenta que viene a bailar break-dance y Carolina me habla de sus clases de capoeira. Hay quien prefiere estudiar inglés, manicure, guitarra, manualidades, graffiti. Existen, además, cursos de iniciación musical, baile, artes visuales y escénicas, danza, artesanía, técnica vocal, expresión corporal, informática, instrumentos de viento… Y cine, cuentacuentos, conferencias, literatura, teatro. La lista de actividades programadas para todas las edades es interminable y admirable. Además, el centro funciona como un canalizador de procesos de memoria e identidad porque no hay que olvidar de dónde venimos y a dónde vamos.

Subo con Yeison a una de las terrazas del edificio desde donde diviso a un lado, el paseo peatonal Carabobo que conecta con el centro histórico, a mi pies, la quebrada de Bermejala y a lo lejos, el morro, primero botadero de escombros, luego depósito de basuras y más tarde basurero municipal, hoy convertido en emblema del barrio y germen de todo un sueño. Yeison vivió allí y me dice que parte del barrio de Moravia está asentado sobre ese antiguo basurero al que fueron llegando hace unos cuarenta años, y en busca de trabajo, cientos de personas desplazadas de todo el país que poco a poco fueron levantando sus viviendas. Hoy en día, en un área muy pequeña, vive una población cercana a los 50 mil habitantes lo que le convierte en uno de los barrios de Colombia con mayor densidad de población. Y todo un crisol de culturas en el que conviven gentes del sur del país, del norte, del Pacífico, de Los Llanos que han convertido el Centro Cultural en su punto de encuentro.

Me despido de Yaison y, acompañada por Alejandra, doy un paseo hasta el Nodo de Desarrollo Cultural, un espacio para fomentar el ocio y la cultura levantado al pie del morro en unos coloreados contenedores de transporte con el que se quiere descentralizar la actividad del centro. Alejandra tiene 20 años, nació en este barrio, vive con su abuela y me confiesa que el Centro Cultural de Moravia le ha cambiado la vida: “Antes de que lo construyeran yo no había tenido ningún contacto con el mundo del arte y la cultura. Después de participar en varias de las actividades y talleres organizados decidí estudiar Artes Plásticas en la Universidad de Antioquía. Me encanta la fotografía y me gustaría poder dedicarme profesionalmente a ella”. Qué maravilla.

Os dejo un vídeo para que conozcáis el edificio.


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