viernes, 30 de noviembre de 2012

El guardián de la Cueva de la Perrita

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Nació en una casa de barro y caña todavía en pie que nos muestra con orgullo y en la que también vinieron al mundo sus otros once hermanos con la ayuda de una partera. De eso hace ya casi cincuenta años y aquí sigue feliz de la vida, en este lugar perdido del mundo y fuera de toda ruta en el que ha criado a sus seis hijos que ahora ya están fuera, donde ahora vive junto a un primo y sus animales y al que llegamos después de una travesía de más hora y media monte arriba no apta para cualquier vehículo y que haría las delicias del París-Dakar o como se llame ahora. ¿Le gusta vivir aquí D. Jorge tan apartado de todo? Sí, no creo que haya otro lugar tan sabroso como éste, tan tranquilo y tan fresquito, me dice. Y esta última cualidad os aseguro que aquí en La Guajira se agradece. D. Jorge no siempre ha estado tan solo; en Los Chorros, como se llama este lugar perteneciente al municipio de Fonseca, llegaron a convivir varias familias y hasta hubo escuela. Pero el miedo, el conflicto armado y esas cosas obligaron a la gente a irse convirtiéndolo en un pueblo fantasma.

Hay que ver cómo es eso de los tópicos y los estereotipos; de ver tanta foto y leer tanto artículo me había creído que La Guajira es desierto puro y duro y poco más que el archiconocido Cabo de la Vela; y mira tú por donde, gracias a la invitación del Fondo de Promoción Turística dentro de su campaña de promoción de destinos naturales, estoy descubriendo que la Baja Guajira, donde estamos nosotros, es un territorio verde, repleto de árboles, caídas de agua, ríos, riachuelos, flores y donde suena el mejor de los vallenatos del país. Pero eso os lo contaré mañana.

Volvamos a Don Jorge; Jorki para los amigos, se dedica a la cría del ganado, al cultivo de la papa, frijol rosado, piña, yuca y de muchas otras cosas más porque esta tierra además de ser muy bella y muy verde es muy fértil. Pero es que también es el guardián de la Cueva de la Perrita que descubrió su abuelo D. Reinaldo Solano Bolívar hace más de ochenta años. ¿Y eso de la perrita de dónde viene? Mi abuelo, me cuenta, salió de caza un buen día y la perra que lo acompañaba dio por casualidad con este lugar. Y qué lugar; el viaje hasta aquí ha sido largo y muy ajetreado pero de verdad os aseguro que merece y mucho la pena entrar en esta impresionante y todavía muy desconocida cueva a la que D. Jorge lleva viniendo desde muy pequeño y en la que fue bautizado por un sacerdote que además se empeñó en llamarla la de Las Tres Marías. Pero mucho antes de todo esto los indígenas la utilizaron de escondite para vivos y tumba para muertos.

Estamos completamente a oscuras, rodeados de estalactitas y estalagmitas que el agua ha ido formando con el paso del tiempo y D. Jorge nos habla de visiones, espantos, difuntos y fallecimientos. Madre mía qué miedo ¿Y usted a qué teme?, le pregunto. Sólo a los vivos, me contesta. Nadie sabe todavía cómo es de grande la cueva; D. Jorge me asegura que ha llegado a andar más de una hora y media hacia dentro y todavía no ha encontrado el final. Atentos amantes de la espeleología y los desafíos: éste es vuestro lugar.

Cambiando de tema, ¿habéis visto alguna vez una guacharaca? Yo en mi vida y es aquí en Los Chorros donde conozco a Guachi (en la foto), fiel amiga y mascota de D.Jorge al que acompaña desde que fuera salvada por éste y criada por una gallina. El animalito en cuestión defiende su territorio como el que nadie a golpe de grito y persecutoria carrera; menudo personaje. Definitivamente la Baja Guajira no deja de sorprenderme; ¿qué me tendrá preparado para hoy?



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