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martes, 2 de abril de 2013

Fredy y su Willys

Willys Colombia de una / Toya Viudes

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 ¿Cuántas personas caben en un Willys? Todas las que puedan poner su dedo gordo en el piso del carro. ¿Y cuánta gente ha llegado a subir al suyo? le pregunto a Fredy mientras Maite, Pep, Arturo y yo damos un delicioso paseo por los cafetales encaramados, y nunca mejor dicho, a esta fiera de las carreteras: Veintiseis -me dice-; aquí se acomoda a todo el que quiera subir. Fredy aprendió a conducir con 8 años, si 8 años; ahora tiene 33 y cuida como la niña de sus ojos a su Willys rojo modelo 56 que lleva el nombre de su hijo Juancho que por cierto, y siguiendo la tradición familiar, aprendió a manejar, como dicen aquí, con sólo 10 años. 

Anécdotas de su Willys, Fredy tiene miles como cuando se lo llevó de trasteo hasta Ipiales, frontera con Ecuador, cargado con una cama, armario, menaje de cocina, sillas, mesas, dos niños, dos adultos y tres gallinas. ¿Qué cuanto tarde?, me dice, 8 días y 8 noches; fue tan cansado que no lo volvería a hacer en mi vida. Le pregunto a Fredy que es lo que más le gusta en el mundo y me contesta de seguido: los carros. ¿Y cuál es el mejor del mercado? El Willys, me dice, es lo máximo. 

Eje Cafetero Willys Colombia de una Toya Viudes
Pocos coches han resistido a tantos años y a tantas cargas como éste de pequeño tamaño, peso ligero, gran fuerza y tracción a las cuatro ruedas fabricado en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y que llegó a Colombia en los años cincuenta cuando el gobierno de Rojas Pinilla importó 1.000 de ellos para incentivar el desarrollo campesino. En el eje cafetero son todo un símbolo nacional y también se los conoce con el nombre de yipaos. Lo mismo sirven para transportar descomunales cargas de café -como los 25 sacos de 40 kilos cada uno que caben en el de Fredy-, arroz, plátanos, bombas de agua, abono, material de construcción o pasajeros. 

Qué delicia pasear por estas veredas entre plantas de café, frijoles, lulos, bananos, granadillas, yucas, maracuyás y aguacates encima de uno de estos coches del que alguien alguna vez dijo que es fiel como un perro, ágil como una cabra y solidó como una mula.

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lunes, 1 de abril de 2013

Y llegué al eje cafetero

Eje cafetero Colombia de una / Toya Viudes

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No os podéis imaginar la de veces que he soñado con el eje cafetero y hoy tengo la inmensa dicha de escribir este post desde El Bosque del Samán, una preciosa finca (en la foto) en pleno Quindío donde estoy pasando unos días con Arturo y mi hermana Maite y Pep que han viajado desde España y que a pesar de llevar pocos días aquí ya se han enamorado de esta hermosa tierra bendecida por los astros y los ángeles. Y no me extraña.

Eje cafetero Colombia de una / Toya Viudes
Fotos de los cafetales había visto a miles pero cómo explicar mi primera visión del Quindío después de más de dos horas de trepar y sortear toda clase de obstáculos por el Alto de La Línea. Mucha gente me había hablado de la inmensa belleza de este rincón colombiano pero no sé qué adjetivos utilizar para describir su vegetación, la tranquilidad que se respira, los atardeceres, la amabilidad de su gente, el colorido de sus casas. 

Estoy deseando darme un paseo en un willy por las trochas del café, hacer canopy sobre los cafetales, pasear por Salento, probar en la Terraza de San Alberto el que dicen que es el mejor café del mundo, relajarme en los termales de Santa Rosa y tantas y tantas cosas. Os iré contando.

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Eje cafetero Colombia  de una / Toya Viudes