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miércoles, 15 de mayo de 2013

Los caminos de Lengerke




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"Me desazona tener que romper a veces los caminos de los españoles y cortarlos con mi propio camino cuando no logro seguirlos en la misma dirección. No sé por qué pero me parece estar mutilando un ser vivo, un depósito de recuerdos de todas las gentes que los transitaron". Ingeniero, aventurero, colonizador y terrateniente, el alemán Geo Von Lengerke llegó a Colombia hacia 1852 huyendo de la justicia que lo buscaba por haber matado a un tipo en un duelo. Se instaló en el entonces Estado Soberano de Santander donde se dedicó a la explotación y comercio de la quina, la colonización de tierras y al trazado de puentes y caminos, obsesionado por doblegar esa "soberbia topografía". Pero es que además abrió en Bucaramanga bazares a modo de misceláneas donde se vendían machetes, porcelanas chinas, sillas inglesas para montar, licores pólvora, jabones, paté, salón, quesos, especias y hasta reproducciones de obras de arte. 

Yo no había oído hablar del tal Lengerke en mi vida hasta que el otro día Juanita lo nombró mientras recorríamos el camino que mandó construir entre Barichara y Cabrera, muy bien conservado por cierto y donde me tomé la foto de arriba. A la vuelta a casa me he puesto a investigar y vaya, vaya con este alemán bipolar y bebedor compulsivo, amante de la lectura y del piano, al que le gustaban tanto, tanto las mujeres que llegó a tener hasta 500 hijos naturales. En su Hacienda Montebello, en el municipio de Betulia, vivió como un auténtico señor feudal, rodeado de lujos y excentricidades como la moneda propia que mandó acuñar para las transacciones internas y un cañón que se trajo desde Europa y que disparaba cada vez que se cantaba el himno. Toda una vida de película que inspiró la novela de Gómez Valderrama “La otra raya del tigre” y que tengo ya anotada para próxima lectura. 

En 1863 Lengerke firmó el contrato para la apertura del camino desde Zapatoca hasta el puerto fluvial de Barranca que incluyó la apertura de un puente sobre el río Suárez que llevó su nombre, inaugurado en 1872, funcionó hasta 1946 y que permitió la fácil comunicación entre Guane y Zapatoca. Su sueño fue comunicar Santander con el río Magdalena, el mar y, desde allí, con el resto del mundo pero no lo consiguió lo que, unido al declive de la quina, le hizo perder toda su fortuna y morir en la auténtica ruina. Lo que son las cosas.


martes, 14 de mayo de 2013

La hormiga culona, manjar santandereano

Hormiga culona Colombia de una

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Lo tenía más que decidido antes de viajar a Barichara pero voy y leo ayer en la prensa un informe de la FAO que asegura que muchas especies de insectos tienen tantas proteínas como la carne y que son una fuente de alimento muy nutritiva y saludable con alto contenido en grasas, proteínas, vitaminas, fibra y minerales. Así que dicho y hecho: a comer hormigas culonas, reinas criollas de los insectos y bocado por excelencia del departamento colombiano de Santander donde he pasado feliz este puente, aunque supongo que para que tenga sentido lo del filete y la ONU hay que comerse kilos y kilos de bichitos y no unos poquitos como hice yo.

Y ahora la pregunta del millón: ¿están ricas estas hormigas aladas Atta Laevigata? Sí, riquísimas, aunque al principio da bastante impresión llevártelas a la boca y eso que antes de cocinarlas les quitan el pico, las alas y las patas, pero aún así hay que echarle valor. ¿Y a qué saben? Algunos dicen que a maní; yo no sabría decir a qué, creo que tienen un sabor único. Crujientes son muy crujientes claro porque para prepararlas y que no se quemen las tuestan muy despacito en recipientes de barro (como el de la foto de abajo) para luego rociarlas con sal y comerlas en casa, venderlas en el mercado en paqueticos que pueden llegar a costar hasta 100.000 pesos, unos cuarenta y pico euros o exportarlas a Estados Unidos, Canadá, Portugal, México y Alemania donde enloquecen con estos insectos. Los santandereanos las toman desde niños, así sin más, aunque Sandra me contaba que en casa de sus abuelos las servían con maíz y panela. 

Lo de culonas les viene por su enorme abdomen y ya los indígenas guanes hace más de 500 años las devoraban después de tostarlas al calor de las fogatas, las ofrecían como regalo de bodas para que los hijos nacieran fuertes y vigorosos y las usaban como cataplasmas para los dolores de cabeza y estómago. Hay quienes están convencidos de sus poderes afrodisiacos y otros las incluyen en  la dieta de sus hijos porque dicen son excelentes para la memoria.

Entre abril y mayo -época de lluvia-, la culona abandona su retiro invernal y sale de su hormiguero en las mañanas soleadas o después de una noche lluviosa para aparearse en el llamado vuelo nupcial. Y es entonces cuando, zas, hay que cazarla eso sí teniendo mucho cuidado con las obreras y soldados que no se comen pero que atacan sin piedad a los intrusos con sus temibles tenazas para defender a sus reinas.

En Bogotá se consiguen en paquetes con sabores a limón y BBQ; creo que en mi próximo viaje a España me llevaré unas cuantas para tomárnoslas allí con unas cervecitas aunque no sé si tendré mucho éxito. Y tú, ¿has probado las hormigas culonas? ¿Y qué te parecen? 


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