Los veis en la foto en las cataratas de Yayacopi junto a un grupo de niños de la tribu macuna. Se llama Richard Evans Shultes y un buen día, allá por los años 30, abandonó su cómodo y reconocido puesto como doctor de Botánica en la Universidad de Harvard para perderse en la Amazonía colombiana donde pasó más de doce años conviviendo con los indígenas, llegó a clasificar más de 24.000 especies de plantas y descubrir 2.000 nuevas.
Shultes vino a Colombia a investigar sobre el curare, el veneno que los indígenas del Amazonas usaban -y siguen usando- para cazar- y que se quería empezar a utilizar como anestésico y relajante muscular. Estalló la Segunda Guerra Mundial, quiso alistarse en el Ejército, pero el gobierno de su país le pidió que permaneciera en la selva y buscara una alternativa al caucho que Estados Unidos importaba de Asia pero que con la guerra empezaba a escasear. Hizo caso y se quedó, estableciendo una relación muy especial con los indígenas porque, como he leído por ahí, aunque era blanco, no venía ni a esclavizarlos, como los caucheros; ni a cambiar su alma, como los misioneros; ni a medirles el cuerpo, como los antropólogos, sino a interesarse por lo mismo que ellos: las plantas. ¿Y qué hizo durante todos estos años? Pues, entre otras cosas, hacer miles de fotos e investigar sobre alucinógenos y sus utilidades por las comunidades indígenas.
Shultes vino a Colombia a investigar sobre el curare, el veneno que los indígenas del Amazonas usaban -y siguen usando- para cazar- y que se quería empezar a utilizar como anestésico y relajante muscular. Estalló la Segunda Guerra Mundial, quiso alistarse en el Ejército, pero el gobierno de su país le pidió que permaneciera en la selva y buscara una alternativa al caucho que Estados Unidos importaba de Asia pero que con la guerra empezaba a escasear. Hizo caso y se quedó, estableciendo una relación muy especial con los indígenas porque, como he leído por ahí, aunque era blanco, no venía ni a esclavizarlos, como los caucheros; ni a cambiar su alma, como los misioneros; ni a medirles el cuerpo, como los antropólogos, sino a interesarse por lo mismo que ellos: las plantas. ¿Y qué hizo durante todos estos años? Pues, entre otras cosas, hacer miles de fotos e investigar sobre alucinógenos y sus utilidades por las comunidades indígenas.
La primera vez que oí hablar de Shultes fue hace unos años cuando vine a Bogotá y una amiga me recomendó El río, obra de su discípulo Wade Davis y todo un canto de amor a Colombia, el Amazonas y a este maestro de Harvard. Al regresar a España devoré literalmente el libro y a través de sus páginas viaje hasta esos parajes y vidas tan lejanas y desconocidas para mí. Ayer, en una oscura y callada sala de cine, el legendario botánico regresó a mi vida en las primeras imágenes de Anapaporis, secretos de la selva, magnífico documental del colombiano José Antonio Dorado -también director de El rey-, que cuestiona la desaparición de las lenguas nativas y el conocimiento ancestral y que lleva el nombre del amazónico y sagrado río. Os lo recomiendo.
Quiero ir al Amazonas y tendré en cuenta los tres consejos que Shultes le dio a uno de sus discípulos: “No uses botas de cuero, es inútil: las serpientes pican en el cuello. Lleva un casco duro de explorador. No regreses sin tomar yagé”. Y vosotros, ¿conocéis ya el Amazonas?
Por cierto, ahora también me podéis seguir en facebook y regalarme un "Me gusta" en mi página de Colombia de una. Mil gracias.
Quiero ir al Amazonas y tendré en cuenta los tres consejos que Shultes le dio a uno de sus discípulos: “No uses botas de cuero, es inútil: las serpientes pican en el cuello. Lleva un casco duro de explorador. No regreses sin tomar yagé”. Y vosotros, ¿conocéis ya el Amazonas?
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