Encuentro a Don Leopoldo en Playa Gairaca arreglando su viejo cayuco hecho con un tronco de caracolí. Me invita amablemente a sentarme y charlar con él. Lleva visitando al Parque Tayrona, a orillas del caribe colombiano, desde los ocho años cuando empezó a acompañar a su padre a pescar las langostas que encontraban sin dificultad muy cerca de la orilla y que vendían por unos cuantos pesos a los restaurantes y hoteles de la zona. Ahora quedan bien pocas y se pagan a precio de oro. Desde entonces, y tiene 80 años, no ha habido semana que no haya dejado su casa y su familia en Taganga para perderse durante unos días en este refugio particular donde, me dice con una enorme sonrisa, lo pasa bien sabroso.
Fue durante cincuenta años pescador y ahora está retirado. Hasta aquí le gusta venir solo, cargado de lo necesario para comer, pescar, tumbarse plácidamente en la hamaca en el patio de su pequeña casita, pasear y, sobre todo, vivir sin horarios. Hablamos de vientos mientras sopla con fuerza el que viene del este y llaman La Loca. Me cuenta cómo son aquí las estaciones, las lluvias. Disfruto oyendo sus historias y mirando esos ojitos llenos de vida e ilusión. En silencio contemplamos el mar y su infinidad de colores. Le hablo de mí, de España, de mi familia. Me escucha con mucha atención. Llega la hora de despedirnos y lo hace con una frase: Colombia es un paraíso. Para mí, también, ¿y para ti?